Los objetos que se compran han dejado de ser normales: la sencillez de lo bueno, lo bonito, lo barato, ha dejado paso a la competición del más alto, el más fuerte, el más lejos. El mercado paso a ser supermercado, hipermercado. Cada nueva temporada un diseñador se supera a sí mismo. El nuevo disco, el nuevo libro es siempre un hito en la carrera del creador, el más logrado hasta la fecha. Los productos reinventan su fórmula. Más lejos.
Las emociones que se perciben dejan también, poco a poco, de englobarse en lo normal : los psicólogos alertan de que las generaciones menores de cuarenta años han sido educadas en un umbral de dolor y de resistencia a la frustración muy bajo, pero que al mismo tiempo se enfrentan a situaciones tan desgarradoras y a desengaños tan frecuentes como cuando las expectativas eran menores. Cada tristeza parece ser la última. Cada lucha, la más extenuante. La depresión, una plaga moderna y muy poco entendida, se alimenta de blancos y negros, de extremosy de imposibilidad de conciliarlos.En el ansia por demostrar que ese detergente lava más blanco, que esa cuchilla apura más, la publicidad se entremezcla con las emociones extremas: un chicle, un refresco, un coche las promete. Sin embargo, nada nos enseña a lidiar con los efectos que esas sacudidas implican.
A veces, creo que comprendo al Principio cuando quería emplear los veinte minutos ganados al no beber agua en caminar muy despacito hacia una fuente: me conformaría con que el detergente lavara bien.

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increible
lo mejor que has escrito.
me encanta.
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Consumismo. Estamos tontos por cosumir, de lo bueno lo mejor. Menos mal que aún queda gente como tu. Muy bien escrito.
Un beso